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La locura de la guerra: La guerra no puede ser humanizada, debe ser cancelada

Toda guerra, en sí misma, mata vidas de otros, nuestros semejantes. Caín no puede triunfar.

«La guerra es una invención de la mente humana; y la mente humana también puede inventar la paz». (Winston Churchill)

El fenómeno de la guerra se presenta como algo tan complejo que ninguna respuesta lo explica plenamente ni resulta suficiente. Eso no nos exime de reflexionar sobre el hecho de la guerra y sus perversas consecuencias humanas y materiales. Para no desesperar, tenemos que pensar. Soñando con un mundo más "civilizado", más "humano".

¿Para qué el "invento" de la guerra? Somos seres "belicosos", constituye parte de nuestra naturaleza. En nuestro interior tenemos la pulsión de muerte (Thánatos) y la pulsión de vida (Eros). La pulsión de muerte responde de todo tipo de violencia y guerras. A menudo la fuerza, el poder, la voluntad de dominio nos puede. La pulsión de vida se expresa por el amor, por la amistad, por la solidaridad, por la compasión, que coexisten también en cada ser humano. Todo lo que civiliza al ser humano trabaja contra la guerra.

¿Para que el "invento" de las armas? ¿ Para qué la ciencia al servicio de la muerte? ¿Para qué tanto armamento cada vez más sofisticado y letal? ¿Cuánta inversión al servicio de la muerte, de la aniquilación de nuestro semejante, empleada en la carrera de armamentos! ¿Cuánto negocio por parte de la industria de la guerra! ¡Cuánta desinformación, cuántos bulos y cuántas mentiras al servicio de inconfesables intereses particulares y espúrios! !Terminemos con las armas! Terminemos con la carrera de armamentos. Y digamos bien alto: ¡¡¡NO A A LA GUERRA!!!! Trabagemos por la paz. Progresemos en la difusión de la "cultura de la paz" entre nuestros conciudadanos. No nos equivoquemos, a medio y largo plazo será la "inversión" más productiva. Presentamos unas reflexiones de L. BOFF al respecto.

Leonardo BOFF, escritor, ecoteólogo*

La locura de la guerra / La guerra, una locura

El devastador y letal ataque al hospital batista Al-Ahli en el centro de Gaza, sostenido por los anglicanos, fue un claro crimen de guerra según las leyes internacionales. Hay una guerra de versiones sobre quien lo causó. Lo que de verdad  importa son los cientos del vidas humanas segadas criminalmente. El hecho y las escenas nos llenaron de horror, de indignación y de solidaridad con los afectados y con el  pueblo palestino, víctima de un castigo colectivo.

En la penosa historia de los palestinos en busca de una patria ha habido innumerables asesinatos en masa. Tampoco debe ser olvidado y sí condenado el perverso acto terrorista de Hamas en Israel el día 7 de octubre, asesinando aleatoriamente a más de mil israelíes, entre ellos niños, y tomando doscientos rehenes.

La reacción del Estado de Israel, con el escandaloso apoyo incondicional de USA, ha sido cruel y sin piedad, alcanzando a miles de civiles, en una población  con un 50% de niños y jóvenes. El asedio total con corte de agua, de alimentos y de energía por parte de Israel, ha sido un crimen humanitario.

Esta guerra, totalmente asimétrica, nos plantea la gran pregunta: ¿por qué los seres humanos se matan o se asesinan  unos a otros? ¿Cuáles son las raíces de esta perversidad? ¿Es posible la paz entre los humanos y con la naturaleza?

Sería largo reflexionar sobre las distintas interpretaciones del  carácter demente y belicoso del ser humano. Vamos a resumir la cuestión con el intercambio de cartas entre  Albert Einstein y Sigmund Freud.  

El 30 de julio de 1932 preguntaba Einstein a Freud: “¿hay un modo de liberar a los seres humanos de la fatalidad de la guerra? Existe la posibilidad de dirigir la evolución psíquica hasta el punto de hacer a los seres humanos más capaces de resistir  la psicosis del odio y de la destrucción”.

Freud recurre a estas dos pulsiones que sustentó durante toda su vida y obra: tenemos en nosotros la pulsión de muerte (Thánatos) y la pulsión de vida (Eros). Ambas coexisten en cada ser humano. La pulsión de muerte responde de todo tipo de violencia y guerras que marcan la historia personal y colectiva de la humanidad. La pulsión de vida se expresa por el amor, por la amistad, por la solidaridad, por la compasión, que coexisten también en cada ser humano.

Con realismo Freud respondió a Einstein: “No existe la esperanza de poder suprimir de modo directo la agresividad de los seres humanos. Sin embargo, se puede recurrir  a vías indirectas, reforzando el Eros, principio de vida contra Thánatos, principio de muerte. Todo lo que hace surgir lazos emocionales entre los seres humanos obra contra la guerra; todo lo que civiliza al ser humano trabaja contra la guerra” (Obras Completas,III:3,215). Pero nos advierte que estas dos pulsiones se enfrentan y buscan equilibrarse y no sabemos cuál será la que predomine  sobre la otra.

Ahora, horrorizados, estamos presenciando lo que el gran psicanalista intuyó. No obstante, seguimos buscando tenazmente la paz y nunca desistiremos. Si no puede ser como estado permanente, por lo menos como un espíritu que nos hace preferir el diálogo a la confrontación, la búsqueda cordial de puntos en común al enfrentamiento belicoso.

El presupuesto básico para la paz consiste en afirmar la humanidad en todos y en cada ser humano, independiente de su condición étnica, cultural, religiosa y de género. Todos debemos tratarnos humanamente. Esto, lamentablemente, no ocurre. Hay  supremacistas raciales (blancos), y todo tipo de exclusivismos. Por ejemplo, el ministro de Defensa israelí, Yoav Gallant, en una actitud típicamente supremacista declaró en una entrevista a periodistas internacionales: “nosotros estamos luchando contra animales y actuando de acuerdo… utilizando todo el poder bélico para reducir la Ciudad de Gaza a escombros”. Esto solo es posible negando humanidad a los habitantes de la Franja de Gaza, considerándolos sub-humanos y, peor, reducidos a animales.

De esta forma, todo sometimiento de un pueblo por la violencia y por la guerra deja en este un rastro de amargura, de odio y de deseo de venganza, que dará origen a reacciones violentas, a atentados y a nuevos conflictos.

Hay que buscar el encuentro confiado y cordial entre todos los diferentes pueblos. Un hermoso ejemplo nos lo da el Maestro judío Daniel Barenboim, que en su orquestra y escuela en Israel conviven y cultivan la música israelíes, palestinos y judíos juntos. Afirma: “Esto refuerza mi convicción de que sólo puede haber una solución para el conflicto con base en el humanismo, en la justicia y en la igualdad, y sin fuerza armada ni ocupación”. La paz es resultado y consecuencia de este tipo de actitud, bien expresada en la Carta de la Tierra cuando “reconoce que la paz es esa plenitud que resulta de relaciones correctas consigo mismo, con otras personas, con otras culturas, con otras vidas, con la Tierra y con el Todo mayor del cual somos parte” (IV,16f).



La guerra no puede ser humanizada: debe ser cancelada

La frase del título no es mía; pertenece a Bertrand Russell y a Albert Einstein en su manifiesto del 9 de julio de 1955 contra los peligros de una guerra nuclear y a favor de la paz. Ese es el gran anhelo de la humanidad: siempre frustrado y siempre renovado. Sin esta utopía —por la cual luchamos para que sea viable— no podemos abandonarla nunca, pues hacerlo sería un acto de cinismo frente a las víctimas de las guerras y una renuncia a todo sentido ético.

Max Born, premio Nobel de Física en 1954, denunció el predominio de la matanza de civiles en la guerra moderna. En la Primera Guerra Mundial moría solo un 5% de civiles; en la Segunda Guerra Mundial, el 50%; en la guerra de Corea y en la de Vietnam, el 85%. Y datos más recientes indicaban que en las guerras contra Irak y en la ex Yugoslavia el 98% de las víctimas eran civiles. Algo semejante está ocurriendo hoy en la guerra conducida por Benjamin Netanyahu y Estados Unidos.

No basta con estar a favor de la paz. Debemos estar contra la guerra

El fenómeno de la guerra se presenta como algo tan complejo que ninguna respuesta lo explica plenamente ni resulta suficiente. Eso no nos exime de reflexionar sobre el hecho de la guerra y sus perversas consecuencias humanas y materiales.

Por ejemplo, si un país es agredido por otro, ¿qué hacer? ¿Tiene derecho a defenderse con fuerzas defensivas? ¿Debe haber proporcionalidad? ¿Cómo deben comportarse los gobernantes de los pueblos que asisten a un genocidio a cielo abierto, como en la Franja de Gaza? O frente a la limpieza étnica de minorías aplicada en la ex Yugoslavia, en Kosovo y en Bosnia, por soldados sanguinarios que además violaban sistemáticamente derechos humanos básicos. ¿Vale alegar el principio de no intervención en los asuntos internos de Estados soberanos y asistir, pasivamente, a crímenes contra la humanidad? ¿Cuál es el límite de la soberanía? ¿Es absoluta? ¿Está por encima de lo humano, que puede ser sacrificado?

¿Cómo reaccionar frente al fenómeno difuso del terrorismo que, eventualmente, puede tener acceso a materiales atómicos, amenazar a toda una ciudad y ponerla de rodillas? Y si fuera lanzada una de esas armas, volvería inviable a toda la ciudad a causa de la radiactividad. ¿Frente a eso es legítima una guerra preventiva?

Son cuestiones éticas que ocupan mentes y corazones en nuestros días. Para no desesperar, tenemos que pensar. En el mundo entero, dada la estrategia del actual presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, quien ha dicho —y está llevando a la práctica— que la paz se hará no por el diálogo sino por la fuerza. Eso jamás sería paz, sino una pacificación forzada e impuesta. Es un discurso recurrente en todos los presidentes, incluso en Barack Obama, afirmar que los Estados Unidos tienen intereses globales y pueden intervenir cuando estos se ven amenazados, utilizando incluso la fuerza.

Frente a estos problemas mencionados, se presentan varias opciones. Un grupo numeroso sostiene la tesis de que, dada la capacidad devastadora de la guerra moderna con armas químicas, biológicas y nucleares, que podría comprometer el futuro de la especie y de toda la biosfera, ya no existe ninguna guerra justa (ius ad bellum). La vida, en sus diversas formas, está por encima de todo.

Otro grupo afirma que puede haber guerra justa, la “intervención humanitaria”, pero limitada para impedir el etnocidio y los crímenes de lesa humanidad.

Otro grupo, representando al establishment global, reafirma que hay que rescatar la guerra justa como autodefensa, como castigo a los países del “eje del mal” y como prevención de ataques con armas de destrucción masiva.

Hagamos un juicio ético sobre estas posiciones: en las condiciones actuales, toda guerra representa un riesgo altísimo, pues disponemos de una máquina de muerte capaz de destruir a la humanidad y a la biosfera. La guerra es un medio injusto, por ser globalmente letal.

Dentro de una política realista, una “intervención humanitaria” limitada es teóricamente justificable, bajo dos condiciones: no puede ser decidida por un país singular, sino por la comunidad de las naciones (la ONU), y debe respetar dos principios básicos (ius in bello, es decir, los derechos en el curso de la guerra): la inmunidad de la población civil y la adecuación de los medios (que no pueden causar más daños que beneficios).

La fuerza empleada como autodefensa no la convierte en algo bueno, pero puede justificarse dentro de una estricta adecuación de los medios.

La guerra de castigo, como la emprendida contra Afganistán o contra el sur del Líbano donde actúa Hamás, se basa en la venganza y no es defendible. Solo alimenta la ira y el resentimiento, caldo de cultivo de futuros conflictos.

La guerra preventiva, como la realizada contra Irak bajo la falsa suposición de que poseía armas de destrucción masiva, era ilegítima porque se basaba en análisis falsos y en algo que aún no existía y que podría no haber ocurrido. Ningún derecho, de cualquier naturaleza, le concede legitimidad, por ser subjetiva y arbitraria.

Todo esto vale teóricamente, pues importa clarificar posiciones. Sin embargo, en la práctica se ha demostrado que todas las guerras, incluso las llamadas de “intervención humanitaria”, no observan los dos criterios fundamentales: la inmunidad de la población civil y la adecuación de los medios. No se hace distinción entre combatientes y no combatientes.

Para debilitar al enemigo se destruye su infraestructura, con numerosas muertes de inocentes y civiles. Las consecuencias de la guerra perduran durante años, como en el caso del uranio empobrecido utilizado por el ejército norteamericano, que ha causado enfermedades en poblaciones afectadas.

La guerra no es solución para ningún problema. Debemos buscar un nuevo paradigma, a la luz de Francisco de Asís, León Tolstoy, Mahatma Gandhi y Martin Luther King Jr., si no queremos destruirnos: la paz como meta y como método. Si quieres la paz, prepara la paz.

(*) Leonardo BOFF ha escrito Virtudes para otro mundo posible, vol.III, Beber y comer juntos y vivir en paz, Vozes y Sal Terrae  2006; Oración de San Francisco: un mensaje de paz para el mundo de hoy,  Vozes  y Sal Terrae 2014. Leonardo Boff escribe para la revista LIBERTAa (ICL): https://www.revistaliberta.com.br. También es autor de Cuidar de la Tierra – Proteger la vida, Record, 2010 (https://www.leonardoboff.org).


Ver también:

Pel «diàleg» i per la «pau». Obtando por la «civilización» y no por la «barbarie»

NO A LA GUERRA: Cultura de la pau enfront la cultura de la guerra

Si quieres la paz, no hagas la guerra

Secció: EL PROGRES CIVILITZATORI

Secció: CULTURA DE LA PAU



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